Un largo camino para la mujer
No soy yo, precisamente, amigo de las fechas institucionalizadas para conmemorar tal o cual cosa que luego olvidamos a lo largo del año, pero, sin embargo, admito la utilidad de señalar días reivindicativos acerca de los problemas de nuestra sociedad.
Bien sabido de todos es que hoy, 8 de marzo, se celebra el Día Internacional de la Mujer, ese al que algunos, por qué no, añaden el epíteto de Trabajadora. Y con motivo de tal efeméride, una vez hecha la puntualización con la que he querido comenzar este artículo, quisiera poner por escrito mi opinión acerca de la situación de la mujer en la sociedad, sincrónica y diacrónicamente.
Muchos creeran que las sociedades humanas más primitivas eran eminentemente machistas, por decirlo así, aunque aceptemos que tal calificativo no sea propio, y que ello ha continuado siendo así hasta la época contemporánea, cuando se ha iniciado un proceso que ojalá nos lleve a la plena igualdad y a convertir a la discriminación por razones de sexo (que no género, categoría sólo aplicable a las palabras) en una cuestión del pasado remoto como puede ser hoy por hoy la esclavitud abierta y reconocida.
Sin embargo, sabemos que esto no fue así, y que, de hecho, en el sustrato de nuestro continente lo que se encuentra es una sociedad matriarcal, dueña y señora de lo que la genial Maritja Gimbutas denominó la Vieja Europa de la Edad del Bronce. Unas sociedades que se agrupaban en torno a la figura de la mujer y madre calcando su culto hacia deidades femeninas asociadas a la madre tierra fértil.
Fueron los tiempos de la diosa momentos de esplendor insospechado para nuestra Europa, del que sólo ahora, gracias a la labor de investigadores como la Doctora Vázquez Hoys, empezamos a saber algo, las punta del iceberg, en contraposición a la rancia y reaccionaria historiografía anquilosada en los escrito en los libros como única y verdadera fuente de conocimiento.
Estos tiempos (cuyo máximo exponente, al menos en fama, fue la civilización minoica) acabaron con la llegada de los indoeuropeos, a cuyos elementos patriarcales se sumó, más tarde, el machismo semita, dando lugar a una, permítaseme la expresión, preeminencia de lo fálico tan rotunda y contundente que nadie osó ponerla en duda durante cerca de tres milenios.
Y es ahí donde hay que reconocer a las primeras pioneras del movimiento sufragista su valentía, su coherencia y su entrega con una causa que no puede ser más justa: la de la igualdad. A ellas y, por supuesto, a todas las que las han seguido y que, al menos en el derecho a voto, han conseguido su objetivo en casi todo el mundo, aunque queden países, como la monarquía absolutista "amiga" de Arabia Saudí, en que las mujeres sean poco más que propiedades del hombre.
Llegamos, pues, tras este brevísimo y somero repaso, a la actualidad, en la que la igualdad de la mujer, aun en sociedades que se venden como avanzadas y del "primer mundo", como es el caso de la nuestra, la mujer sigue estando claramente discriminada frente al hombre. Y no lo digo yo, lo dicen los datos, esos que ya se han repetido varias veces en los últimos telediarios sobre la desigualdad salarial o la ocupación de puestos de responsabilidad por parte de mujeres con los que yo ahora no quiero atosigarle.
Simplemente le invitaré a que hga el sano ejercicio de preguntarse lo siguiente: ¿cuántas mujeres han sido, a lo largo de nuestra autodenominada democracia, candidatas a ocupar Moncloa teniendo posibilidades de ser electas? ¿Cuántas mujeres ve usted hablando en los medios como portavoz de la patronal, de una empresa, de un sindicato? Creo que reflexionar acerca de ello es un ejercicio sano y positivo.
Combatir las desigualdades, no sólo las que hay entre hombres y mujeres, aunque sean las que hoy nos ocupan, sino entre personas por cualquier razón relativa a cómo, dónde, cuándo, en qué circunstancias y de quién hayan nacido, es el mayor ejercicio de Justicia, con mayúscula, que puede hacerse. Y en el caso de la discriminación sexista es, por desgracia y como hemos dicho, más que necesario.
Por eso invito a todos a que hoy hagamos un ejercicio de lucha en favor de la igualdad entre hombres y mujeres, piedra angular de la igualdad social, acudiendo a las manifestaciones que se han convocado a lo largo de todo el mundo. Aunque sea sólo por puro egoísmo: ¿cuántas mujeres con talento sobresaliente se están perdiendo en el mundo para desgracia de nuestro progreso y desarrollo a causa de una discriminación infundada? Piénsenlo.
Y ojalá pronto, muy pronto, podamos concluir este camino que algunas luchadoras iniciaron ya hace casi dos siglos.
Artículos relacionados:
Juana de Arco, Santa Teresa de Jesús o Isabel la Católica -entre otras muchas- fueron excepciones en esos tres milenios de "preeminencia de lo fálico". La Duquesa de Alba lo que no entiende es lo de "mujer trabajadora"
Bromas aparte un magnífico artículo escrito de manera excelente.