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Principio y acción

| martes, 13 de marzo de 2012 | 3:12

El principio de toda acción trascendente -única a su modo- requiere del mayor valor y de una seguridad plena. Como el ave imperita que empujada por un instinto desconocido y, a la vez, tan cercano y suyo como su propio ser, extiende sus alas y clama al cielo para que su ruego sea oído por los vientos y los propios dioses que moran en él auspiciando su vuelo, su primera acción trascendente. Cuánta incertidumbre la que rodea este gran paso -el del comienzo- un paso irrevocable que no admite vuelta atrás y que anuncia un nacimiento, un origen -el nuestro. En cierta manera, es la nacencia de cualquier acción la que la marca y la determina, la que delimita y previene lo que será en un futuro. Mas, todo comienzo implica un reorganizarse y una participación de elementos anteriores que permanecían inadvertidos por su estar aparentemente sin estarlo, pero que estaban. Tales elementos fundamentan el comienzo. Y entonces aflora el saber tomar a tiempo el relevo, lo que hoy se conoce como compañerismo. Un trabajar codo con codo sin descanso, apoyándose en un igual cercano y provocando así la reciprocidad misma. Prestar una ayuda desinteresada en el momento más oportuno. Y cuán oportuno es este momento, el de la nacencia.


Ahora bien ¿quién determina si es esta acción digna de ser llamada única o trascendental? ¿quién puede prever lo que tan sólo yace escrito en las tortuosas líneas del destino? Una característica indispensable lo determina: el sacrificio. Algo que se entrega en prenda; la prueba de fuego, lo que garantiza la relevancia de cualquier acción. Y puesto que es un sacrificio se entiende que no es gustoso, sino más bien forzado por el intento humano de alcanzar un bien mayor que supera con creces a ese sacrificio. Y en cierto modo, nos sentimos amparados por esto, por pensar que si se aspira a un bien mayor no importa lo que se sacrifique, siempre que se parta desde el respeto constante al prójimo y a los ideales del resto, pero sobre todo a nuestros propios ideales, pues que seguir una nueva senda implica en algunas ocasiones torcerse, rehacer caminos, estar tentados a cambiar el rumbo, llegando a perder así el centro originario del que en un primer momento se partió. Nunca se ha de perder el norte. Mas cuando esto sucede, todo camino rehecho es un borbotón, una grieta irreparable que señala la falta de constancia y, sobre todo, de coherencia, cualidad que estimamos como nuestra seña de identidad.


Además de esto, para que esta acción sea trascendental ha de poseer algo más que sacrificio: continuidad. Toda acción que perezca y se consuma al poco de su nacimiento es una acción común, que no merece mayor atención. Tales acciones suelen estar constituidas por un patrón de comportamiento, suelen ser impensadas e inesperadas. Por ello duran lo que duran sin dejar huella honda en parte alguna. Ni pueden ni requieren de ser valoradas por la cotidianiedad de su surgimiento, de su incansable ir y venir. Un trasiego que torna a ser anodino en la mayoría de los casos. En cambio, esta nuestra acción trascendental es bien distinta. Es, en primer lugar, una acción pensada y reflexionada que ha requerido de un esfuerzo desmedido y de un mimo constante en pos de la búsqueda de lo sublime, pues que el hecho de escribir, ya dimane de un querer transmitir la más precisa información o de un discurrir más o menos poético, ha de conformar el acercamiento a la verdad, evitando la contaminación de medios o perspectivas partidistas que, a todas luces, aspiran a confundir y no a informar de una manera limpia.


Así pues, pretendemos actuar desde el pensamiento, pues también el pensamiento es, a su manera, acción, tan loable como la que requiere del acto propiamente dicho. Todo acto que se origine desde la razón y la crítica honesta engendra de por sí acción, respuesta ante lo real y cotidiano. Participar del pensamiento para reivindicar o enjuiciar la realidad radical de la que seamos dueños es un acto que puede alcanzar un grado tan efectivo, en algunas ocasiones, como el del acto mismo.


Este periódico, esta nuestra acción trascendental consagrada en los umbrales del nuevo milenio, alberga como único fin un discernimiento más claro, arrojar un poco de luz a lo que bajo las alas de la noche permanece invisible, estático, callado. Que nuestra acción sirva de algo habrá de ser ratificada por el tiempo venidero y por el interés que despertemos entre los lectores que hoy día son cada vez más selectivos y más cautos a la hora de tomar un periódico como referencia única. Evidentemente, no pretendemos consolidarnos como el único medio posible, mas por ser quienes somos, sí afirmamos que nuestra voz habrá de ser -cuanto menos- singular, diferente.

La imagen que acompaña este artículo en la portada está bajo una licencia Creative Commons de BenFrantzDale en Wikimedia Foundation [enlace]

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